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El primero se manifestó en 1967, cuando a los 12 años,
Gustavo diseñó y armó su primer automóvil con fierros viejos y salió a
manejarlo.
A los 16 años Labala ya era un preparador respetado de autos de carrera en
la categoría más dura de los años 70, el llamado turismo nacional, en la que
ganaba buen dinero. Luego de correr varias veces decidió que no había
desafío técnico suficiente en el automovilismo, se hizo piloto aeronáutico e
inmediatamente empezó a tratar de mejorar los motores existentes con su
innata intuición para la mecánica.
Labala concentró su curiosidad en las turbinas. “Como no era ingeniero
–reconoce el ingeniero nuclear Pablo Florido, del CAB-, no leía los
manuales, y por lo tanto no sabía que, según los libros, es literalmente
imposible hacer una turbina que pese menos de trescientos o doscientos
kilogramos. Y por lo tanto, la hizo. Le tomó quince años, pero la hizo.”
Como hombre práctico, lo primero que le buscó Labala a su aparato fueron
aplicaciones no aeronáuticas. Una es la producción de electricidad de tres
megavatios de potencia (suficiente para iluminar 300 casas).
Diseñada para zonas rurales aisladas, esta turbina da un doble servicio:
electricidad por la bornera del generador y, por la tobera de escape, calor
para secado de granos de los agricultores de la zona. |