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COHETE LANZADOR VENG-TRONADOR

Reproducimos la nota de Daniel E. Arias (www.cronicadigital.com.ar, 10/11/2008)

La Argentina al infinito... y más allá

Después de haber lanzado con éxito al Tronador I y al II, CONAE, el organismo espacial argento, se prepara para que en cuatro años despegue una bruta bestia de 20 metros de altura y 57 toneladas de peso. El país se ubica entre las ocho naciones del mundo con capacidad de satelización propia. Historias, misterios, razones y estrategias de tanto milagro. La colaboración con Brasil, los cuidados con EE.UU

 

Hace unos días, la Argentina supo con cierta sorpresa que ya había lanzado exitosamente un par de cohetes Tronador I y II. Es más, se dispone a ir haciendo más vehículos de potencia creciente hasta que en 2012 se llegue a un Tronador 2.2 de casi 20 metros de altura y más de 57 toneladas de peso, una bestia capaz de inyectar en órbita un satélite de 200 kilos a unos 500 kilómetros sobre la Tierra. Cuando esto suceda, seremos el octavo país del mundo en tener capacidad propia de satelización, y un posible competidor en el mercado de la puesta en órbita.

Siguiendo tradiciones de su director, el Dr. Conrado Varotto, la CONAE no hizo mayor secreto del asunto Tronador, pero tampoco mayor ruido: la información se dio en un taller para periodistas científicos organizado por el Ministerio de Ciencia de Córdoba en el Centro Espacial de la CONAE en Falda del Carmen. Si hoy, cuando este desarrollo está sucediendo, cuesta creerlo, hace una década era impensable. Sin embargo, en 1998 Varotto se sometió a ser reporteado por la entonces revista XXI –con la misma alegría con la que uno va al dentista– y quien firma le preguntó sobre su proyecto de cohete, que entonces no se llamaba Tronador sino VENG (Vehículo Espacial de Nueva Generación). El diálogo se dio así:

–¿Qué va a tener de avanzado el VENG?


–Todo. El sistema de propulsión, el de guiado, los materiales. Todo.

–Clarín habló de combustible líquido. ¿No será hidrógeno, verdad? ¿O se trata de hidrocarburos almacenables a temperatura ambiente?

–No descartamos nada. Es todo lo que te voy a decir.

–¿Y el sistema de guiado?

–No te pienso decir nada. Va a ser avanzado. Punto.

–¿Y los materiales? ¿Plásticos compuestos? ¿Metales reforzados? ¿Cerámicas especiales?

–Nada. No te voy a decir absolutamente nada, Arias.

Así quedaron las cosas.

Vale volver a insistir: esto fue publicado en 1998, con una industria nacional arrasada, el país ya reconvertido a sultanato sojero con vista a la City porteña, el programa nuclear desmantelado por tres gobiernos al hilo (Alfonsín, Menem y más Menem), el programa aeronáutico entregado a la Lockheed, los sistemas educativo y científico en sus máximos históricos de inopia, disgregación e inefectividad. ¿Quién lo iba a creer?

Peor aún, Varotto, el señor que decía que iba a construir un cohete, estaba al frente de la primera agencia espacial del mundo hecha para NO hacer un cohete. En efecto, la primera misión de la CONAE fue sustituir decorativamente a la vieja Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE). Aquel organismo de la Fuerza Aérea tenía tres décadas de muy despareja experiencia en cohetería de combustibles sólidos, y fue clausurado –las instalaciones casi fueron dinamitadas– en uno de aquellos ataques de relaciones carnales del canciller Guido Di Tella. Y eso porque la CNIE se había atrevido a desarrollar los misiles Cóndor I y II.

LLEGA UN FIERRERO. Nacida con tan malos augurios, a lo sumo se esperaba que la CONAE se dedicara a la decoración interior de congresos con pósters satelitales. Nadie esperó que tuviera cabeza y cintura como para romper el molde criollo de “la ciencia por la ciencia misma”, y disciplinara las fuerzas dispersas del sistema nacional de investigación tras un proyecto estratégico y útil, un “fierro” concreto que le diera competitividad al país y dejara know- how en ingeniería. Y sin embargo, sucedió. Sólo que muy de a poco y sin levantar polvareda.

Uno de los primeros administradores de CONAE, el astrónomo Jorge Sahade, desempolvó el proyecto de satélite científico SAC-B (un detector de grandes fuentes explosivas cósmicas de rayos X), viejo proyecto alfonsinista. Obviamente, La Embajada no tenía nada en contra de este aparato.

Pero Sahade hizo construir el tal aparato por INVAP, la firma barilochense de tecnología nuclear que en aquel momento se desangraba por dos tajos terminales en yugular y carótida: Menem había hundido a la CNEA (su primer mercado) y Di Tella le había cerrado el acceso a Medio Oriente (su segundo mercado). El SAC-B, y luego el C, contribuyeron a salvar a la única firma de alta tecnología del país. Ésta ya sabía hacer reactores, pero de yapa aprendió arquitectura de satélites. Hoy avanzó de tal modo en ese negocio que además de estar construyendo y diseñando tres aparatos gigantes para la CONAE (el SAC-D Aquarius, y los Saocom I Y II), hoy expandió su negocio con contratos para armar dos satélites de comunicaciones (los más complejos de todos, a 200 millones de dólares por pieza) para la firma AR-SAT… Es para sacarse el sombrero. Y se ignora, pero sucedió.

Cuando se fue Sahade entró a la CONAE Varotto, fundador de INVAP, director del proyecto de enriquecimiento de uranio de Pilcaniyeu de la CNEA, el hombre decisivo en la exportación de los primeros reactores nucleares argentinos a Perú y Argelia. Varotto hizo lanzar al espacio el SAC-B heredado de su predecesor y se encogió de hombros cuando el satélite murió en órbita por falla del cohete experimental que nos habían endilgado los Estados Unidos, el Pegasus XL.

El Petiso, como se llama a Varotto cuando no está presente, se encogió de hombros porque tiene otro tipo de cabeza. En oposición a la ciencia dispersa, lo de Varotto son los grandes proyectos estratégicos, audaces, aplicados, concretísimos y terminados. Entró, husmeó y “dio vuelta” a la CONAE: la puso a mirar para abajo. Desde su llegada, toda la línea de satélites planificada por la casa (SAC, Saocom y SARE) se diseña para observar la Tierra y generar información de utilidad directa para la economía, las empresas y el gobierno argentinos.

VIAJE AL COSMOS Y A DEDO. Con su satélite SAC-C, Varotto inventó además dos cosas rarísimas: cómo ir al espacio “a dedo” y “en vaquita”. Por el tipo de cámaras que le puso a bordo (diseños argentinos), Varotto le vendió el SAC-C a la NASA como un posible generador complementario de información óptica sobre agricultura y medio ambiente, capaz de funcionar en red con los satélites yankis Landsat 7, Eos y Terra.

Convencida, la NASA “se puso” con el lanzamiento (12 millones de dólares gratis, qué tal). Simultáneamente, para embretar a más países en el SAC-C y diluir costos para la Argentina, Varotto logró que no sólo los Estados Unidos sino también Italia, Francia y Dinamarca pusieran sensores a bordo de la plataforma. Y con esta vaquita creó uno de los aparatos orbitales más complejos de la historia: tiene once sensores a bordo, cuando la media en la industria es de dos y gracias. En INVAP se volvieron locos para empaquetar tantas cosas en 480 kilos de satélite, y que funcionaran sin interferirse.

A la CONAE le viene al pelo formar parte de la Cancillería, porque su abordaje del espacio depende mucho de la diplomacia argentina. Es más, se ha vuelto una rama nueva de ella.

Lanzado a fines de 2000, este multisatélite SAC-C ya ha durado tres años más de lo esperable; debe de estar bien hecho. Pero volviendo a 1998, cuando Varotto anunció el cohete VENG (hoy Tronador) el SAC-C no existía, a la CONAE no la conocía nadie y, ventanas afuera de la agencia, reinaban unas relaciones carnales que otra que el Kama-Sutra. Y la CONAE, en semejante año, hablando de hacer un cohete argentino.

Bueno, la primera novedad es que la CONAE ya hizo tres de esos cohetes. La segunda es que funcionaron. Y la tercera es que se vienen más, uno en 2009, otro en 2010, otro más en 2011 y el que probablemente termine siendo nuestro “jeep” espacial multipropósito: el Tronador 2.2, en 2012. La Argentina viene subiendo cosas a órbita desde 1998, pero ya no tendrá que llegar ahí a dedo.

UN CUETE NADA MILICO. Los cohetes pueden usar combustibles sólidos o líquidos. Los militares aman los primeros: son livianos, portátiles y se disparan a toque de botón. Como contra, una vez encendidos no se pueden apagar, de modo que lo único controlable es la dirección. En plan de una puesta en órbita de precisión, los cohetes sólidos tienen entonces las mismas desventajas que un hacha para la neurocirugía. Más cerca del hacha que del bisturí, el Cóndor II tampoco era un buen misil: poco preciso, no le podía pegar a nada. Esto –ver recuadro– no significa que abortar el proyecto haya sido bueno para el país.

Los cohetes de combustible líquido, a diferencia de los sólidos, se pueden encender y apagar a voluntad: son muy controlables. En revancha, como misiles resultan bastante inútiles. Eso lo descubrió Saddam Hussein en 1991: sus Scud soviéticos eran pulverizados a bombazos en tierra en las dos o tres horas que tomaba irlos cargando –con los dedos cruzados– de líquidos altamente volátiles, tóxicos e inflamables como la hidracina. Aún subidos en camiones que los dispersaron por todo Irak, ocho de cada diez Scud de Hussein fueron “embocados” en tierra sin llegar al disparo. En realidad, los últimos misiles líquidos de la historia que tuvieron cierto éxito militar fueron también los primeros: las bombas voladoras V-2 de Werner von Braun en el 44 y el 45.

De modo que cuando la CONAE lanzó sus TronadorT1, T1b y VS-30 con combustibles líquidos, el mensaje no expresado de su organismo rector, la Cancillería, es bastante claro: “Estamos en la industria de la puesta en órbita. Y sin pisar ninguna delgada línea roja”.

Cuando en junio del año pasado y mayo del corriente se lanzaron los Tronador I e IB desde las inmediaciones de la Base Naval de Puerto Belgrano, La Embajada figuraba en la lista de invitados. En el ínterin, en diciembre de 2007, se ensayó desde Natal, Brasil, un “combo” argento-brasuca: un Tronador líquido montado como segunda etapa sobre una primera brasileña de combustible sólido. Los brasileños usaron el dúo para mandar una carga científica a una altura suborbital de 140 kilómetros, y la CONAE aprovechó para testear los sistemas de guiado y control de la etapa líquida.

La Argentina es, quiera o no, un sitio espacial, y no porque haya puesto a Gardel en la Luna sino por ser el octavo país del mundo en superficie, y también una economía muy agrícola, y de paso también uno de los países más proclives del planeta a catástrofes naturales, y como remate, el dueño de una población escasa, cuya pésima distribución genera grandes vacíos geográficos de información. Para saber en qué anda su agricultura o cuál es el contenido de humedad de sus suelos, o qué bosque se está por incendiar, y dónde y cuánto, la Argentina necesita de información generada por satélites propios, cuyo tiempo de uso esté disponible al toque y que no haya que andar mangueando a otros países.

Eso explica por qué hay que tener satélites propios. ¿Pero cohetes también? Alquilar lanzadores de otros países anda por los 12 millones de dólares el viaje, y eso si se consigue pasaje, que puede haber demoras de años. En contraposición, como dijo en teleconferencia ante los periodistas científicos reunidos en Córdoba el doctor “Pepe” Astigueta, a cargo del proyecto Tronador, el desarrollo completo desde el primer prototipo flaquito suborbital de 2007 hasta el monstruo 2.2, capaz de satelizar 200 kilos de 2012, costará cuatro millones de dólares.

¿Es negocio?

Es negocio.

Asumir riesgos o hacer la plancha

Es imposible no recordar lo que Von Braun les decía a los militares alemanes, tan dados a la risa, cuando sus bombas voladoras V-2 estallaban en la plataforma de lanzamiento: la idea era que el sitio de aterrizaje fuera al menos un poco más peligroso que el de despegue. Nuestros Tronador probablemente terminen siendo buenos inyectores de satélites, pero el desarrollo de cohetes tiene sus yeites: en 2003 un VLS brasileño estalló en la base de Alcántara al momento del lanzamiento y mató a 23 miembros del programa espacial de nuestros vecinos. Cosas que pasan en este tipo de desarrollos. La opción es hacer la plancha y quedarse afuera de la industria, como comprador bobo.

Los Tronador tienen propelentes líquidos almacenables a temperatura ambiente (hidracina como combustible y ácido nítrico como oxidante): nada nuevo bajo el sol. Hay otras mezclas líquidas, las criogénicas (hidrógeno líquido enfriado a 271 grados bajo cero, y oxígeno líquido, a 160) que dan mucha mayor potencia por kilo de combustible y oxidante, pero les quedan muy lejos a la industria y la tecnología locales. Y es que la idea de la CONAE es la de tener un cohete nac & pop, 100% argentino, un fierro “cincuentoso” por los propelentes, pero moderno por electrónica y materiales, que se pueda construir sin que naides nos deje en tierra al negarnos algún componente crítico importado. Y si ésa es la idea, cierra por todos lados.

Maxicohetes para minisatélites

En Bariloche INVAP está fabricándole a la CONAE algunos satélites realmente enormes: el SAC-D Aquarius y los Saocom de radar son bestias de tonelada y media. Y los satélites geosincrónicos de comunicaciones que fabricará para AR-SAT van a ser “mostros” aún mayores.

Pero hoy la moda en observación empieza a ser otra: es mejor tener varios satélites mucho más livianos, sencillos y sin tanto sistema duplicado de back-up a bordo. Cuando muchos minisatélites funcionan en red, el dueño multiplica la capacidad de observación: mientras duren, ven más y mejor dos aparatitos que uno solo grande. Y si se cuelga uno, te queda el otro. Así nace la línea de satélites livianos SARE de la CONAE, que andarán por los 200 kilos la pieza, y el Tronador en su versión 2.2, el que se quiere lanzar en 2012, está pensado a medida para la tarea.

La reflexión inevitable es ésta: si en lugar de cajonear el Cóndor II, la Argentina lo hubiera reconvertido en una etapa auxiliar de despegue, como hizo Brasil con su VS-30, probablemente el Tronador 2.2 podría llevar más carga y a mayor altura. Así y todo, la Argentina está ingresando en el cuadrilátero espacial. Y esta vez, para quedarse.

(Daniel E. Arias, 10/11/08, www.cronicadigital.com.ar)  

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